Divorcio, separación… A nadie le gusta escuchar estas palabras. Pero lo cierto es que, cuando se plantean, es por algún motivo.
Además de todas las implicaciones emocionales que conlleva la ruptura de una pareja, existen otras consecuencias muy importantes.
Casarse parece sencillo, pero divorciarse no lo es tanto. En una boda todo es ilusión y alegría. Se trata de uno de los días más importantes de nuestra vida. Sin embargo, cuando nos encontramos inmersos en un proceso de divorcio, aparecen las preocupaciones y los miedos. Es un trámite muy personal e íntimo que puede llegar a hacerse cuesta arriba.
¿Cuál es el papel del abogado en estos momentos del proceso de divorcio? O mejor dicho, ¿cuál debería ser?
Con mucha frecuencia se nos pide que actuemos de forma maximalista y agresiva. Ambas partes intentan obtener el mayor beneficio posible de la nueva situación. Normalmente se persigue un beneficio económico, relacionado con los hijos o con la situación de la vivienda familiar.
En otros casos, se nos pide que aceptemos cualquier propuesta de la otra parte para poner fin, cuanto antes, a este trance tan doloroso.
La respuesta no es ni una cosa ni la otra. La mejor defensa de los intereses de nuestro cliente es aquella que tiene una visión a largo plazo y que no deja vencedores ni vencidos. Debemos tener presente que se trata de un momento de gran carga emocional y que no debemos perder la calma.
Se trata de una pareja que se ha querido (y quizá aún se quiere), pero que no puede seguir junta y cuyos miembros deben iniciar caminos separados. Además, en muchas ocasiones hay hijos en común, cuyos intereses deben prevalecer siempre.
Sería deseable que, pese a la especial dificultad del momento, cada uno pudiera recordar las cualidades del otro. No debemos ver al otro como un enemigo, sino como una persona que atraviesa el mismo problema y que, por tanto, tiene la misma necesidad de encontrar una buena solución.
– Pilar Sanz Valencia